Las ilusiones del capitalismo contemporáneo

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Las características del actual modo de producción han generado la idea falsa de que estamos frente a un nuevo tipo de capitalismo, que nos obliga a crear nuevas bases para su interpretación y nuevas teorías para su transformación. Según el historiador y economista colombiano, Renán Vega Cantor, algunos de los aspectos que caracterizan al capitalismo contemporáneo –los cuales naturalmente están interrelacionados– son: la universalización de las mercancías, que surge con la llegada del neoliberalismo; la diversificación de las formas de explotación del trabajo, a partir del progreso de la ciencia y la tecnología; y el auge del capital financiero, como base fundamental de la globalización.
A ciertos economistas y analistas de nuestra época, estos elementos del capitalismo contemporáneo, les produce la ilusión de que logran superar la relación capital–trabajo, en donde la acumulación de riquezas se produce sin el segundo elemento de esta relación. Es decir, lo que tienen en común la universalización de las mercancías, la era de la información y el capital financiero, como características del actual modo de producción, es que el capital se independiza del carácter productivo que lo había generado siempre.
Por eso se hace necesario desmontar estas ilusiones y revelar que lo único que produce riqueza en el capitalismo, sea la época que sea, y tenga las características que tenga, es la explotación del trabajo humano.

 

 
La universalización de las mercancías y la ilusión de la autonomía del valor de cambio
Es cierto que luego de la experiencia del Estado de bienestar europeo (1945), como expresión de la lucha de clases, que logró incidir en la tasa de ganancia a favor de la clase trabajadora, surge el neoliberalismo como contraofensiva que se propone nunca más poner en riesgo la tasa de ganancia capitalista, lo que lleva a “abrir nuevos campos a la acumulación del capital en territorios que hasta el momento no estaban mercantilizados o no ofrecían rentabilidad” (Harvey. D. 2007). Lo que significa que los bienes comunes, y cualquier ámbito de la vida humana, que antes eran derechos sociales, ahora son reducidos a condición de mercancía. Este hecho económico que inaugura el neoliberalismo, genera la posibilidad de la universalización de las mercancías, como característica del capitalismo contemporáneo bajo su dominio.
Sin embargo, la universalización de las mercancías crea la ilusión de que éstas pueden generarse sin el trabajo humano. Se crea la idea de que no están determinadas por su utilidad, sino únicamente por su valor, por su condición de intercambiabilidad en el mercado que abrió con libertad ilimitada el neoliberalismo. Por eso, alienados por el fetichismo de las mercancías, llegan al extremo de pedirnos que “Olvidemos su utilidad e intentemos en cambio adoptar la idea de que las mercancías sirven para pensar” (Douglas. M; Isherwood. B. 1999). Esta petición del olvido de su utilidad, es a su vez expresión del olvido del trabajo. Se reduce la mercancía sólo a su valor de cambio, ignorando su valor de uso, que, a su vez, es expresión del trabajo humano que lo constituye. “Llamamos, sucintamente, trabajo útil al trabajo cuya utilidad se representa así en el valor de uso de su producto, o en que su producto sea un valor de uso” (Marx. K. 1975. T I) Por tanto, la universalización de las mercancías se presenta como la autonomía del valor de cambio respecto a su valor de uso. Esto, a su vez, es expresión del triunfo del capital sobre el trabajo. Es decir, la relación capital–trabajo ya no sería el fundamento de la acumulación de riqueza, sino que el capital se ha independizado del trabajo y ronda campante por todos ámbitos de la vida humana acumulándose ad infinitum.
Este intento porque el capital se emancipe del trabajo, se manifiesta como una ilusión, como falsedad, cuando se demuestra que no es más que un intento imposible de que el valor de cambio se emancipe del valor de uso. Marx, el responsable de revelar el carácter bifacético de la mercancía– y por tanto del trabajo que la expresa– recuerda a los neoliberales entusiastas que celebran la mercantilización absoluta del mundo contemporáneo, que:
Para transformarse en mercancía, el producto ha de transferirse a través del intercambio a quien se sirve de él como valor de uso. Por último, ninguna cosa puede ser valor si no es un objeto para el uso. Si es inútil, también será inútil el trabajo contenido en ella; no se contará como trabajo y no constituirá valor alguno. (Marx. K 1975. T I)
El límite del valor es su utilidad. Aún en este mundo contemporáneo, sometido por la mercantilización de la vida, el capital necesita como condición de su propia existencia al trabajo. Por tanto, resulta un mito, que el carácter universal de las mercancías propio del modelo neoliberal, inaugure un nuevo capitalismo en el que la relación capital–trabajo no es la condición de acumulación. El trabajo, mientras exista el capitalismo, seguirá siendo el fundamento de toda acumulación de riqueza.
La “era de la información” y la ilusión del fin del trabajo
Resulta un argumento común dentro de los análisis económicos, la petición de “ir a las cosas mismas” y observar que a nuestro alrededor la explotación material del trabajo cada vez mengua de manera más evidente. Este fenómeno responde al progreso de la tecnología y la ciencia, convirtiendo a nuestra época en la “era de la información”, y, por tanto, a nuestro modo de producción en un “neocapitalismo informativo” (Abril. G 2007) Este nuevo tipo de capitalismo, determinado por la irrupción del sistema informático, hace de nuestro aparataje económico uno mucho más amigable y flexible, en el que el trabajo se explota cada vez menos en empresas y cede su lugar a la comodidad de la casa o la oficina mediante el uso de las tablets, laptos y teléfonos inteligentes, como instrumentos fundamentales de la acumulación de capital. Esta buena nueva se venía pronosticando desde el final de los 90 cuando diversos economistas aseguraban que, en la sociedad actual, caracterizada por el desarrollo de la tecnología, “los empresarios han descubierto la nueva fórmula mágica de la riqueza, que no es otra que capitalismo sin trabajo” (Ulrich. B 1998)
Este supuesto capitalismo sin trabajo, resulta una clara ilusión cuando se revela que no se trata más que de una diversificación del trabajo, en el que la extracción de plusvalía se expande, más que en épocas anteriores, al campo de la producción intelectual, generando la aparición de un nuevo tipo de trabajadores “al que puede catalogarse como el proletariado cognitivo o el cogniproletariado” (Vega. R 2008) el cual padece de los malestares típicos de la explotación capitalista, generando incluso síntomas inéditos de mayor agotamiento mental y niveles patológicos de estrés. Esta forma peculiar de explotación, es harto beneficiosa para el capital, pues los tiempos de trabajo continuos suelen superar la doble jornada, generando más plusvalor con el ahorro de las horas típicas de descanso en las empresas.
Resulta aún más ilusorio y falso este neocapitalismo informativo, cuando se recuerda que los instrumentos de trabajo que garantizan la supuesta era de la información, son producidos en condiciones infrahumanas por mujeres, niños y adultos mayores, en maquilas de la peor calaña que existen aún hoy en países como Tailandia, Bangladesh, Malasia e incluso México. Por eso, la desaparición del trabajo en el mundo contemporáneo, más que una realidad, es un deseo. Es la apetencia inagotable de acumulación de capital sin el obstáculo del trabajo, y más aún, sin la resistencia de los trabajadores que luchan por sus derechos siendo los únicos que pueden poner fin a la explotación capitalista.
EL capital financiero y la ilusión de su autonomía
El auge del capital financiero ha traído consigo la tesis (manejada por buena parte de la izquierda mundial) de que estamos frente a un nuevo capitalismo de carácter global, en el que “ya no hay patrón capitalista visible: hay clase dominante global” (Colussi. M 2018). Es decir, ya no se habla de la condición financiera del capital, sino de “capitalismo financiero”, esto es, de un modo de producción de nuevo tipo que acumula capital de manera impersonal a partir de mecanismos financieros globales que se mueven libremente por el mundo, sin límite o determinación material que la regule. Resulta una nueva versión de aquel “imperio sin imperialismo” de Toni Negri, en el que la globalización diluye al imperio (entendido territorialmente) en un abstracto e indeterminado imperialismo que somete de manera impersonal a los pueblos, y “lo mismo que ya no hay Estado–nación” (Negri. T 2003) tampoco hay explotación visible y material del trabajo como base real de la acumulación de capital.
Resulta una ilusión, o un fetiche, el hecho de considerar al capital financiero como el nuevo amo que inaugura un modo de capitalismo inédito hasta ahora. Si bien, es sabido por todos los economistas que el capital financiero es la unión del capital industrial con el bancario, se produce el fetiche de que el segundo puede independizarse del primero, autogenerar riquezas y proclamarse el amo de la nueva sociedad. Pero el interés, elemento que hace crecer al capital de crédito, sólo se produce explotando a los trabajadores, lo que representa– el interés– para los capitalistas, sólo una parte de la ganancia, de la plusvalía que extraen del trabajo: “El interés es sólo una parte de la ganancia, es decir, del plusvalor que le exprime el capitalista actuante al obrero”. (Marx. K 1975. T3). Sin embargo, tal como los actuales develadores del nuevo “capitalismo sin trabajo”, cuando anulan la producción “el capital aparece como la fuente misteriosa y autogereradora del interés, de su propia multiplicación” (Marx. K. 1975. T3) consagrando al capital financiero como al nuevo enemigo a enfrentar (izquierda) o al amo que alabar (neoliberales). Lo cierto es que sólo el proceso productivo de extracción de plusvalía es lo que valoriza al capital. Su movimiento o circulación, rondando por el globo, no lo auto valoriza. Por eso: “En el proceso de circulación no se produce ningún valor, y por consiguiente tampoco se produce plusvalor alguno […] De hecho no ocurre sino la metamorfosis de las mercancías, que en cuanto tal, nada tiene que ver con la creación o modificación del valor” (Marx. K. 1975. T 3).
Por tanto, el capital financiero depende del capital productivo, y así, los intereses de la plusvalía. Esto niega la existencia de un nuevo sistema económico que se independiza de su carácter productivo. La relación capital–trabajo no se supera en el capital financiero como característica del capitalismo contemporáneo.
Estaría siendo tremendamente mal interpretado si se creyera que le estoy haciendo una oda a la explotación del trabajo. Todo lo contrario, estoy atendiendo a los desvíos que nos alejan de la posibilidad de acabarlo; si se mistifican las causas de la actual opresión capitalista, jamás podremos emanciparnos de ella.
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Harvey, David (2007) Breve historia del neoliberalismo. Madrid, Akal.
Douglas, Mary; Baron Isherwood (1999) El mundo de los bienes. Hacia una antropología del consumo. México, Grijalbo.
Marx, Karl (1975) El Capital. Madrid, Siglo XXI. TI
Marx. Karl (1975) El Capital. Madrid, siglo XXI. T3
Abril, Gonzalo (2007) La información como formación cultural, disponible en: file:///C:/Users/Karla/Downloads/8101-Texto%20del%20art%C3%ADculo-8184-1-10-20110531%20(1).PDF
Ulrich, Beck. (1998) ¿Qué es la globalización? Barcelona, Paidós.
Vega, Renán (2008) Un mundo incierto. Caracas. El perro y la rana
Colussi, Marcelo ( 2018) El capitalismo financiero global: un nuevo amo. Disponible en: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=247663
Negri, Toni (2003) El Imperio después del imperialismo. Polis. Revista Latinoamericana. Disponible en: https://journals.openedition.org/polis/7214

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